sábado, 5 de mayo de 2007

La potranca

Yo le dije potranca y ella me dijo joto. Traté de explicarle que yo no era ningún joto. Me la cogí incluso. Pero sólo repitió: joto, joto, joto. No es que yo fuera de los que tienen el pito grande, pero eso no me hacía de ninguna forma joto.

La primera vez que me lo vio se rió durante horas, o unos cuantos segundos, pero la humillación fue la misma. Yo le dije ni que estuvieras tan buena, pero lo único que logré es que se fuera encabronada.

Después de eso, cuando volví a llamarla, me preguntó si ya me había crecido.

- Como dos centímetros - le dije- solamente por pensar en ti.

Llegó a mi casa y me la cogí como nunca me había cogido a nadie. Mientras más se excitaba, más relinchaba como caballo. Por eso le dije potranca.

Todo el día me siguió diciendo joto, y cuando salimos a la calle también le dijo a todo el mundo que yo era joto.

Se obsesionó con ello. Al cabo de unas semanas la pared de mi casa tenía escrita la palabra, mi auto igualmente, me empezaron a llamar por teléfono varios hombres que querían coger conmigo. Se salió de control completamente.

Saqué el cinturón con la hebilla más grande que tenía y me lo puse, me enfundé las botas vaqueras de mi abuelo, y salí rumbo a la casa de mi difamadora.

La gente no se cansaba de mirarme, y es que se habían dicho muchas cosas acerca de mí. Que si tenía este fetiche, que si tenía tal otro. Me arrepentí de haberme puesto las botas.

Cuando llegué los relinchos se oían hasta afuera. Me dijo que estaba cogiendo con un hombre de verdad y cerró la puerta.

Al otro día me despertó una muchedumbre que me aclamaba fuera de mi casa. Al asomarme por la ventana estallaron en aplausos y porras. Algunos traían pancartas que decían "igualdad para la comunidad gay" o "ya no cabemos en el clóset".

Me pidieron que diera un discurso, que les contara el secreto para no temer al qué dirán.

Tuve que hablar.

- No soy joto, pero los apoyo.

Fue lo único que se me ocurrió. Primero enmudecieron. Después comenzó la rechifla, y al cabo de un rato me gritaron fascista y destruyeron mi auto, la fachada de mi casa y rompieron todas las ventanas, hasta que, tras una larga serie de insultos, por fin se fueron.

- Has ido muy lejos, potranca - le dije por teléfono.

- ¿Ya te creció?

- Sí, pero no es más para ti.

Me pidió que me dejara puestas las botas, y cogimos como nunca. Sus relinchos retumbaron en toda la cuadra, que se vio invadida por una turba de personas furibundas que gritaban y escribían en mis paredes "abajo la zoofilia, los animales no tienen la culpa”.

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