-¿Por qué me gritan gorda? –me preguntó una gorda que estaba sentada al lado mío bebiendo su octava o novena cerveza-. No es que crea que estoy muy esbelta, pero no tienen por qué recordármelo todo el tiempo, ¿o sí?
Volteé a mirarla. Sus carnes se escurrían por todos lados. Aquello definitivamente no era humano.
-Cuando voy por la calle –siguió- se ríen de mí, me avientan comida, me insultan. Todo el tiempo es así. Jamás hacen una pausa. Es igual desde que tengo memoria.
No dejé de mirarla. Era casi como si una voz dentro de ella, algo que se había comido, estuviera hablando.
-¡¿Por qué lo hacen?! Ni siquiera me dan una oportunidad para demostrarles que soy más que una gorda –lloriqueó la mujer, la gorda gorda mujer, y pidió su siguiente cerveza. Y yo también pedí otra.-
-¡Salud! –le dije, pero ella siguió llorando.
-Pero no puedo hacer nada. La depresión me impulsa a comer más… y a beber más. Además, ¿a quién quiero engañar? Probablemente moriría antes de quitarme todos estos kilos de encima.
-Tal vez puedas sacar provecho de tu estado –traté de animarla.
-¿Sí? ¿De qué forma?
-Puedes ganar millones trabajando en algún circo famoso, o en el porno o en la televisión.
Volvió al llanto. Pidió una cerveza más y yo también. Le di unas palmaditas a mi barriga, y luego vacié la botella de un sorbo.
-Yo te encuentro atractiva –le dije a la gorda.
Dejó de llorar por unos instantes, sólo para llenar sus pulmones y después incrementar el volumen de su llanto.
-En serio. Me parece que tienes unas lindas piernas.
-¿También te burlas de mí? –contestó, bajándose la falda hasta los tobillos.
Le respondí con un beso en la mejilla. Uno de los mejores besos en la mejilla que he dado en mi vida. Le pedí dos cervezas al cantinero, y le puse a la gorda una en sus manos.
-¡Salud! –le dije, pero ella seguía consternada, examinando la cerveza que le había dado.
-¿Por qué me gritan gorda? –repitió, y por primera vez le vi los ojos. Unos ojos hermosos, envueltos en capas y capas de cachete y papada.
-No he visto que nadie te grite gorda.
-Aquí no. Todos son unos borrachos decrépitos.
-¿Te parezco un borracho decrépito?
-No. Tú no. Tú pareces diferente.
-No lo soy. Soy tan borracho como todos ellos, o como tú.
-Yo no soy ninguna borracha.
-Llevas unas 13 cervezas, viniste sola y estás hablando con un extraño. Eso solamente lo hace un borracho.
Se recostó sobre la barra y dejó salir nuevas lágrimas. Yo me tomé otra cerveza, mientras tanto.
-Vamos, no es tan malo. En estos lugares se conoce a mucha gente agradable. Gente que no te grita gorda o manco o idiota, porque cada uno tiene sus propios problemas.
-¿Cuál es el tuyo?
-Yo no tengo problemas.
-Ah, ¿no? ¿Entonces por qué vienes?
-Me gusta la cerveza y la buena charla.
Seguimos bebiendo. Una cerveza y otra y otra. No hablamos más. Pedí un par de cervezas para el camino, y pagué la cuenta de ambos. La tomé del brazo y bailamos una canción. Después nos fuimos.
Tuvimos sexo. Probablemente el mejor sexo que he tenido en mi vida con una gorda. Le ofrecí una de las cervezas que había pedido antes de salir del bar, y tomé la otra.
-¡Salud! –me dijo.
Nos despedimos y cada uno tomó su camino, en sentidos opuestos. La seguí con la vista, hasta que se volvió un pequeño punto en el horizonte.
Mientras se alejaba, alcancé a escuchar que alguien le gritaba “maldita gorda”.
1 comentario:
no esta mal, es predecible lo del sexo.. pero no deja de ser interesante la historia
gio
Publicar un comentario