sábado, 5 de mayo de 2007

¡Pinches taxis!

¡Pinches taxis! Me subí a uno en la mañana, para tomar camino al trabajo.

-¡Buenos días! –dije, y ni madres de respuesta. Es más yo creo que si no le hubiera dicho a dónde ir, el cabrón conductor se hubiera seguido hasta donde le diera la chingada gana, haciendo caso omiso de su cliente, o sea yo. No habría ido muy lejos, eso que ni qué, porque el cabrón parecía que quería que, a base de hueva, su taxímetro marcara los cuatro dígitos de mi quincena. Así de lento, el cabrón.

-Qué clima tan jodido, ¿no? –intenté de nuevo. Y nada. Sólo un pinche gruñido. Hasta empecé a pensar que el cabrón era mudo. Y seguía a paso de tortuga. Ni dos pinches cuadras habíamos avanzado desde que me subí. ¡Me lleva la verga!

-¡Muévelas, cabrón!-pensé en decirle, pero sus pinches brazotes de luchador de la AAA me intimidaron.- ¡¿Qué no ves que se me hace tarde, hijo de tu putisísima madre?!- pero nada. Tampoco se lo dije.

No íbamos ni a la mitad del trayecto a mi trabajo y yo ya estaba que me llevaba la mamá de la verga, quien, por cierto, merece un punto y aparte.

La mamá de la verga tuvo que salir adelante sola, ya que un cabrón (como el taxista) la dejó cuando supo que estaba embarazada. No obstante, la mamá de la verga siempre tuvo la fortaleza para darle a su pequeña verguita todo lo que necesitaba: un techo, alimentación, educación de primer nivel, pero tal vez se le pasó la mano e hizo que su retoño fuera un malcriado y travieso, que ya de grande, se empezó a llevar a todos los que estaban fuera de sus casillas.

En fin, yo ya estaba que me llevaba la mamá de la verga, pero nada de eso, me seguía llevando el cabrón taxista a paso de tortuga.

-¡Alcance a ese caracol, cabrón!- me atreví finalmente a decirle al cabrón.

El muy jijo de la chingada me volteó a ver con sus ojos de perro doberman, se apagó el cigarro en el brazo, se puso una máscara del Blue Demon, y me adoctrinó una putiza marca jurarás venganza.

El ojete (que había pasado de ser cabrón a ojete en mi muy particular escala de valores) me dejó tirado en un jodido lugar muy lejano a mi jodido trabajo, con la sangre chorreando hasta el culo y unos chipotes como los que no me hacía desde los ocho años al caerme de la bici.

Una güera de treinta y tantos años, muy parecida a la Sharon Stone, me encontró ahí hecho mierda y me llevó a su casa. Nos bañamos juntos y después hicimos el amor. Muchas veces. Luego invitó a sus amigas e hicimos el amor todos juntos.

Después todo valió madres porque me desperté y seguía bien madreado y ensangrentado. A mi lado pasó una güera como la de mi sueño y me pellizqué para no sufrir otra decepción. ¡A huevo! Ahora si estaba despierto. La güera me miró y permaneció así algunos segundos. Luego dijo “¡qué pinche asco!”, y salió corriendo como puta que lleva el diablo.

Hasta entonces se me ocurrió revisar mi nalga derecha. Al menos la cartera seguía ahí, y con el dinero intacto. O sea que el ojete me había madreado nomás para dejar claro que él va a la reputa velocidad que se le antoja.

Seguí a rastras por la banqueta, ahuyentando gente y haciéndolos curvear su camino recto (sí, recto como el que me chorreaba sangre, nomás que en otra acepción de la lengua, que siempre se adecua a la ocasión por sus pinches huevos), hasta que de pronto una voz ronca y más bien mamila retumbó en mi jodida cabeza. “¿Quiere que lo lleve, joven?”

-¡En la madre!- pensé, antes de ver que el pinche taxista que desprendía esa voz era otro al que me dejó ahí, jodido.

-¿Lo llevo o no?

-¿Cuál es la puta prisa?- me dije en un murmuro -sí, ayúdeme por favor.

Me metió en el taxi, y ahí quedé, en el asiento de atrás hecho bola, como si fuera un puto costal que el chofer tuviera que entregar en algún lado. Y realmente eso parecía, porque nada más me preguntó a dónde iba, y el cabrón metió el acelerador hasta el fondo, como si después de 30 minutos le fuera a salir gratis a mi vieja, que seguramente me esperaba intranquila en casa.

Nada. Los semáforos le valían verga al cabrón conductor, que no se detenía ni para seguir mis instrucciones.

-Por aquí no es- le decía.

-Ahorita nos inventamos un atajo, jefe- decía el muy cabrón.

Así fue todo el camino. Él con los cachetes volando como los de esos güeyes que se suben a la montaña rusa, y yo cada vez más hecho bolita.

-¡Madres!- dije cuando vi que un microbús se atravesó. Y “¡madres!”, volví a decir cuando desperté y me di cuenta de que estaba en un pinche hospital, enyesado de pies a cabeza.

Empecé a balbucear cosas sin sentido, creo, porque de inmediato se apareció una enfermera (que para nada se parecía a Sharon Stone) que me puso una pluma en la mano izquierda y sostuvo amablemente un cuaderno enfrente, donde escribí todas estas pendejadas.

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