Nomás la cosa era ver si ella pensaba lo mismo sobre la posibilidad de empanzonarse nueve meses.
-¡Nel, sin condón ni un mameluco! –me dijo.
-No te preocupes –contesté-, orita nos paramos en cualquier farmacia y compro unos diez.
El pedo es que no traía dinero más que para el hotel, y eso si nos íbamos a uno de los baratitos del Centro.
Estuve a punto de decirle “¿qué prefieres: condón o cama?”, pero mejor le dije “mira ahí está el Wal-Mart, deja voy por unos ‘condominios’”.
Y así lo hice. Estacioné el carro y me bajé en chinga dizque a comprar “gorritos”, pero en realidad cuando me le perdí de vista a la cachorra, me dirigí a los basureros a ver si de pura chiripa me encontraba alguno que, tras una buena lavada, aguantara un segundo round.
Pero nada, ni un cochino condón. Y la gente nomás se me quedaba viendo: un ejecutivo bien trajeadito y toda la cosa husmeando en la basura como perro hambriento. Hambriento estaba, sí, pero no de huesos ni sobras, sino de las carnes de aquella cachorra que seguía esperándome en el auto.
Entre los desperdicios de la tienda me topé con una bolsita de cacahuates japoneses, y recordé los chistes de la secu sobre usar dicho envoltorio, pero no, en la vida real sería probablemente muy doloroso y poco placentero. Así que deseché la idea.
Sin embargo, se me iluminó la vista cuando vi a un payasito de esos que hacen figuras con globos. Pensé “a huevo, un globo es justo lo que necesito”.
Me le acerqué al simpático personaje y le dije que si me podía regalar uno de sus instrumentos de trabajo.
-¡Claro que sí, amiguito, juá juá juá! ¿De qué color? juá juá juá –me dijo.
-No sé... morado –le respondí.
-Tómalo, juá juá juá.
Ya tenía protección, pero ahora necesitaba algo que lo lubricara un poco, o si no... Así que volví al basurero y comencé a registrar todo en busca de quizá un poco de Vitacilina o Baycuten, pero nada... hasta que de pronto apareció ante mis ojos un botecito de crema... de crema ácida Lala.
Metí el globo y la crema en una bolsa del súper, y me regresé de volada al coche, donde la cachorra me esperaba con hartas ganas de ponerle cuanto antes.
Me encarreré hacia el Centro, y para cuando me di cuenta ya estábamos los dos bien encamados y sin ropa, en la habitación 304 del Hotel El Rinconcito.
-¡Verga, ¿dónde dejé la bolsa del súper?! –pensé mientras la cachorra se daba vuelo con mi entrepierna. Tratando de ser discreto miré hacia todos lados hasta que la encontré al pie de la cama.
-Ya métemela –me dijo ella, con la voz más cachonda que haya oído en toda mi vida.
-Pérame tantito –le dije-, deja nomás me pongo el condón.
Tomé la bolsa del súper, saqué el globito sin que ella se diera cuenta, y luego lo embadurné de crema ácida Lala. Pero el problema fue al ponérmelo. “Pinches globos de payaso son rete chiquitos”, pensé.
-¿Qué pasa? –me dijo cuando notó que estaba batallando más de la cuenta.
-Nada. Es que no me quedaba este condón, pero ya estuvo –le contesté cuando por fin pude introducir mi miembro en el violáceo recipiente, que bien pudo haber terminado sus días siendo la nariz de Barney el dinosaurio, y no el receptáculo de mi esperma-. Es que no había extra large –añadí.
Ahora sí, me subí en ella, y dejé que el instinto más básico del hombre trabajara por sí mismo. Ya una vez adentro, me percaté de que lo único que sentía era un fuerte dolor en mi pene, que se encontraba absolutamente aprisionado entre las angostas paredes de hule morado. Eso sí, la crema había cumplido muy bien su objetivo, haciendo que la entrepierna de mi acompañante más se pareciera a una ensalada que a una vagina.
Yo, por mi parte, ni siquiera me pude venir así que, una vez saciada la cachorra, me encargué de fingir el resto.
-¡Qué delicia! –me dijo-. ¿Nos echamos otro?
Tan sólo agaché la vista, y traté de darle ánimos a mi pene, el que aún no recuperaba su anchura natural.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario