Como puedo me levanto del sillón porque el méndigo también se mueve mucho. Toda la maldita casa se tambalea. Y se ríe.
Tocan a la puerta. Es Mercedes.
-¿Otra vez pedo?
-Cállate y házme algo de comer puta.
Se pone como loca y me caga toda la casa. Después se va. No entiendo una sola palabra de lo que dice. Pinche complejo de Jerry que tienen las viejas.
Otra vez solo.
Más cervezas.
Y yo ahí parado a la mitad de todo eso, esperando que un coño menos aguafiestas entre por la puerta.
Tocan de nuevo. Es Mercedes.
-Puta tu madre.
Y se va.
Que yo supiera mi mamá no había sido puta jamás, pero quién sabe, la economía en casa siempre anduvo tambaleante, como la casa ahora.
Me pongo a manejar por la sala. El corvette nunca me ha fallado, pero nunca lo encuentro por las mañanas.
Sigo esperando ese jugoso coñito para insertarle unos cuantos deditos. No muchos, solamente tres o cuatro. Pero no llega.
Le hablo por teléfono a Mercedes.
-...
No entiendo de nuevo.
-...
-Ven, quiero meterte unos deditos puta.
Y luego un chillido agudo que desaparece cuando alejo el auricular.
Pasa el tiempo, porque normalmente pasa, no porque me de cuenta.
Tocan a la puerta. Es un tipo enorme, o dos, o tres, no sé. Y Mercedes detrás.
Golpes. Muchos golpes. Mi cara rechina. El suelo rechina. Mercedes rechina.
Se van.
Otra vez solo.
Voy por una cerveza. Sabe a sangre. Realmente necesito un coño.
Hay Jerrys por todos lados, y no alcanzo a ninguno. Se mofan de mí. Rompo una botella vacía de cerveza y le doy en la madre a uno de los Jerrys. El resto huye. Se esconden en las páginas del diario, otros en los huecos de la pared.
Se llevan mis cervezas. Estoy contigo Tom.
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